MIRAMAR, Florida
"La pregunta de siempre...: ¿será un año más o será un año menos?... ¡Vaya usted a saber!"... J.V.-
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Una mañana dominguera, hace 72 años, caminé con la experiencia de mis ocho inocentes años de edad por las calles caraqueñas. El recorrido fue largo, de una hora o algo así, desde mi barrio, El Cortijo de Sarría, al norte de la ciudad, hasta el estadio San Agustín (después Cerveza Caracas), que estaba en el extremo sur. Iba a ver el primer juego de beisbol profesional en mi vida.
Era 1937, la capital venezolana albergaba 250 mil dicharacheros y humoristas habitantes, y faltaban cuatro años para la hazaña de "los héroes del 41", el equipo venezolano campeón en la II Serie Mundial del Beisbol Aficionado, celebrada en La Habana. Este fue el hecho que hizo estallar para siempre la afición por el deporte y el espectáculo en Venezuela.
Pero yo me había contaminado ya como amante del beisbol, porque en El Cortijo y alrededores había docenas de terrenos donde los niños jugábamos pelota todas las tardes, después de las horas escolares, y el día entero sábados y domingos.
Esa vez me cobraron por entrar al San Agustín, tres reales, o Bs. 1.50. Con un real más compré uno de los sandwiches más sabrosos que haya comido en mi vida. Era de diablito ligado con crema de leche y en pan (de Sarría) aliñado con manteca de cochino y anís. Agregué a mis gastos un centavo para un carato de arroz con papelón (o panela).
Jugaban los Críollos del Venezuela, por quienes lanzó todo el juego el cubano zurdo de Manacas, Manuel (Cocaína) García, quien además conectó sencillo y doble para su victoria de 5-2. Otro que bateó y corrió muy bien esa mañana, fue el 2B Javier Pérez, también importado de Cuba.
El equipo adversario fueron los Sabios del Vargas, cuyo SS era el estadounidense Ray (Talúa) Dandrige, quien tenía las piernas gambás en exceso, y era estrella en las Ligas Negras. En el CF tenía el Vargas al super-rápido Tetelo Vargas, nativo de Dominicana.
Ese beisbol se denominaba "de primera categoría" y se jugaba con solo cuatro equipos, y nada más sábados y domingos a las 11 de la mañana. Las tribunas y los bleachers se llenaban, y el ambiente era de fiesta permanente.
Era un gran espectáculo para la época, aun cuando no había grama interior en el infield. Es decir los infielders jugaban sobre tierra, y en el outfield tampoco sembraban grama, pero podaban con cuidado y dedicación el monte silvestre que crecía en esos predios.
¡Quién sabe por qué me dió por escribir hoy sobre estos recuerdos!
Debe ser porque lógicamente, los viejos (y mi vejez es muy dulce, alegre, saludable y feliz) tenemos más recuerdos que futuro. Y en año nuevo es divino navegar hacia el pasado, sobre todo si es un pasado tan largo como el mío, ya de más de ocho décadas.
Además, en octubre 2010 llegaré a 50 años escribiendo sobre Grandes Ligas. Y en junio a 63 en el periodismo... ¡¿Qué tal?!
Gracias a la vida que me ha dado tánto...
jbeisbol5@aol.com
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domingo, 31 de enero de 2010
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